miércoles, 15 de mayo de 2019

UN SI Y UN NO.


El gran drama humano, el debatirse entre un sí y un no en la vida. Esa indecisión, o lo que es peor, esa traición a ideales y metas, a la palabra dada, al comprometerse a algo, y luego dar la espalda, olvidarse de todo, echar por tierra todo lo prometido, he aquí el gran drama humano. El Judas que llevamos dentro, ese lobo dormido que cuando despierta quiere destrozar todo lo bueno que encontramos, es monstruoso. Los traidores los vemos en la política, terreno propicio para el engaño y las palabras vanas, la demagogia y la mentira. Están también en el comercio, el mundo de los negocios, donde las trampas se dan en operaciones fraudulentas, aumento injusto del precio de las cosas, apetito voraz para obtener en competencia desleal bienes que a otros pertenecen. En los sindicatos, en las cooperativas, y también en la Iglesia, en cualquier lugar donde esté el ser humano, aparecen traidores a ideales y metas, a compromisos adquiridos. La palabra dada se echa por tierra, se olvida.

Por eso todos tenemos dentro de nuestra alma la historia personal del Domingo de Ramos y el Viernes Santo. Por un lado hemos recibido al Señor en nuestra ciudad interior donde hemos tendido en el suelo nuestros mantos de adoración y agitado nuestras palmas de alabanza y hemos prometido al Dios bueno consagración de todo nuestro ser. Pero aparece de repente el diablo tentador, el seductor mentiroso, el que susurra al oído paraísos de fantasía, y nos olvidamos de nuestro encuentro y compromiso con el Jesús Redentor, y caemos en el Viernes Santo, clavando en un madero y matando al Salvador. Con qué facilidad nuestro sí se convierte en no.

La historia está llena de traidores de toda calaña, obstaculizando el camino del bien y la verdad. La historia tiene escrita páginas teñidas en sangre derramada en la política, la ciencia y la economía, la religión y movimientos del pueblo, la milicia y la docencia, la medicina y la jurisprudencia, provocando un sin número de víctimas de certeros criminales que han degollado avances en todos los campos, todo por amar al dinero, la fama y el poder como dioses falsos y tentadores.

Qué débiles somos, igual que los que en Jerusalén recibieron a Jesús cantando el “hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”, en ese domingo memorable, y al poco tiempo gritaban, “Crucifícale, crucifícale, que muera el impostor”. Así como ellos se dejaron manipular por el poder reinante, creyendo todas las mentiras dichas contra el Señor, así nosotros nos dejamos seducir por los dioses del mundo, clavando en el madero a Jesús nuestro Señor. ¡Qué tristeza!

por Monseñor Rómulo Emiliani c.m.f.

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