Señor, contemplo toda la creación en sus mares y ríos, montañas y valles, animales de tantas especies y al ser humano, que gracias a ti ha hecho tantos avances en todos los campos de la existencia, y me digo, ¡Qué grande eres! Pero si miro al cielo y observo al sol, la luna y las estrellas quedo también admirado. Pero más si oigo lo que dicen los astrónomos del sistema solar y nuestra galaxia con millones de estrellas y que hay muchas más y constelaciones y agujeros negros, y que el universo se extiende desde aquel comienzo y que no hay forma de calcular la inmensidad del mismo, y por eso te digo: ¡Qué grande eres!
Pero si me observo a mí mismo y miro dentro, allá en lo más profundo estás tú que me sostienes vivo y me amas y dices: “estoy contigo siempre”. Y si alzo la vista y veo que todo lo que existe está en movimiento y sostenido por tu presencia y que también dice: “estamos y somos porque Dios está presente.” Sí, tú estás en todo y todo está en ti, y nada existe sin tu presencia y consentimiento. Bendito eres Señor, que todo lo puedes y lo haces para tu mayor gloria y honra.
Si veo con los ojos de la fe y creo que hay un cielo prometido que eres tú mismo y así lo siento, donde están todos los muertos pero que están ahora más vivos que antes, resucitados y transfigurados, y contemplo que radiantes de luz perpetua y gozando de tu presencia alzan la voz y cantan: “! Gloria a Dios en todo momento ¡”, entonces me arrodillo y te digo, ¡ qué grande eres ¡ Sí Señor, todos ellos te alaban y glorifican tu nombre y dicen: “santo, santo, santo”. Qué alegría más grande hay en el cielo donde todos felices gozan de tu presencia plena, bella verdadera y siempre nueva.
Señor, me arrodillo ante ti y te pido perdón por mis pecados y mi ignorancia, al no tomar conciencia de que eres el más grande, el único, el todopoderoso y verdadero. Eres el que todo lo puede y sabe, quien no tiene límites en su verdad y belleza, que trasciende el universo que es nada en comparación contigo, y se mantiene porque tú así lo quieres. Yo te alabo y bendigo, y te pido con toda reverencia, no permitas que ingenuamente pierda la conciencia de tu sublime y eternal grandeza. Quién como tú Señor, el más grande, el único, el que tiene todo el poder y es siempre el invencible. Amén.
Mons. Rómulo Emiliani c.m.f.
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