lunes, 13 de noviembre de 2017

CON TUS LLAGAS ME ESTREMEZCO


¡Oh!, mi adorado Jesús, colgado en el madero, cuando contemplo tus llagas abiertas manando sangre me estremezco y caigo de dolor y en duelo. Sé que cuando agonizabas y morías pensabas en cada uno de nosotros porque tu divinidad no tiene límites de ninguna naturaleza, y en el momento supremo donde entregabas al Padre tu espíritu, lanzaste un fuerte grito, y ese sonido desgarrador y desarticulado era mi nombre por ti pronunciado. Se oyó, como el nombre de cada uno, por todo el universo y las galaxias y los soles también se estremecieron. Esa fue la causa de tu muerte, la vida de cada uno de nosotros. En verdad no estamos solos, tú siempre estás a nuestro lado, con una forma de presencia que nos abraza en todo momento.
En la cruz inmolabas la vida y la entregabas en pleno sacrificio, derramando hasta la última gota de sangre, por mí, tan ingrato pecador. Fuiste enviado por el Padre y encarnado en el vientre de María, te hiciste hombre pensando en que así a mí te acercabas, haciéndote uno como nosotros, y de una manera plena y para siempre. Dejaste de usar tus atributos divinos sin dejar de ser Dios, para que tu vida fuera como la mía, menos en el pecado. Naciste lo más pobre en Belén y así te identificaste con lo más despreciado de la humanidad, los marginados y excluidos, muchos que al nacer mueren o crecen desnutridos, conservando taras que les impiden un buen desarrollo humano. Te llevaron a Egipto, ese varón tan noble llamado José, con tu santa madre María, para que las tropas del furioso endiosado y sifilítico Herodes no te arrancaran la cabeza y descuartizaran, como hizo con los niños menores de dos años en Belén. Supiste lo que es ser migrante por causa política y de violencia, viviendo en Egipto el desprecio de los que se consideraban superiores a la raza judía, tan despreciada. Viviste en Nazaret bajo el amparo de una madre tan bella que te ayudó a crecer moldeando tus sentimientos, impregnándote de sensibilidad, enseñándote a hablar y elevar en oraciones tu corazón a Dios Padre.
José, ese varón casto, que al anuncio en sueños del Ángel comprendió el misterio que te envolvía y miró a María como un templo sagrado y de singular pureza, desde ese momento la respetó tanto que nunca se cruzó por su mente un simple pensamiento o deseo carnal con ella. Con él aprendiste lo que es la nobleza del trabajo del artesano, carpintero que transformaba la madera en sillas y ventanas, puertas y carretas de calidad inigualable. Te enseñó a usar las herramientas y cuando no había trabajo de carpintería, lo acompañabas a la plaza del pueblo a esperar que algún hacendado lo contratara por uno, dos o más días, para trabajar de jornalero en las fincas de trigo o de cebada. Ya tú con diez o más añitos cooperabas en el trabajo de tu padre y aprendías a ganarte la vida como los pobres del mundo. Qué vida tan hermosa en la sencillez de la casa de Nazaret, donde tú eras el centro de la atención de ellos dos, pero estabas sujeto a su autoridad y en todo obedecías. Cuando oraban juntos, los tres se elevaban a contemplaciones divinas, tú porque te mirabas a ti mismo por dentro, y ellos porque sentían que Dios, que eras tú, en verdad estaba con ellos y entre ellos. Qué familia tan hermosa, qué cielo en la tierra, en medio de la pobreza de un pueblo campesino, estaba el Dios con nosotros, el Emmanuel, tú el esperado de los tiempos creciendo en edad, estatura y sabiduría. ¡Y María conservaba todas esas cosas en su corazón!

Ahora cuando contemplo las llagas del mundo, abiertas de par en par, de aquellos colgados en innumerables cruces de la miseria y el desconsuelo, de la violencia y el desamparo, vuelve mi llanto y luto, porque sigue el calvario de una humanidad explotada de la manera más salvaje y tú sigues colgado en la cruz con ellos. Tu pasión continúa y se extiende por los tiempos, hasta el día de la cosecha al final de la historia, donde se separará el trigo de la cizaña y se irán contigo los que dieron de comer, de beber, de vestir, de consolar, de proteger, de promover a los desamparados de la historia. Y habrá un crujir de dientes y un llanto desconsolado para los ultrajadores, explotadores, los que causaron tanto daño, hambre y muertes violentas, marginación y exclusión, si no se arrepienten y cambian. Señor, ten misericordia y danos tu salvación para ser vencedores del mal, porque contigo somos invencibles, amén.
Monseñor Romulo Emiliani c.m.f.

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